Tiene que ser una revolución feminista

“Nada será más revolucionario para nuestra nueva Nicaragua que el camino hacia la liberación de la dictadura venga acompañado de la liberación de nuestras conciencias”.

Esta es una reflexión que resultará incómoda para muchos, pero es necesaria y urgente para quienes creemos profundamente que es posible construir un país diferente, pues no me conformo con sacar a una dictadura política y continuar con las múltiples dictaduras que nos han aplastado durante siglos a las niñas y a las mujeres de mi país, Nicaragua.

Para empezar diré que soy una de tantas chavalas que hemos aprendido demasiado jóvenes el horror de la violencia en nuestros cuerpos a manos de un familiar y que vemos en la situación de Nicaragua hoy, demasiadas similitudes con las múltiples violencias que vivimos a diario las mujeres en este país.

Nací en una familia pobre, católica y sandinista, donde no se podía hablar mal ni de los curas ni de los Comandantes. Así aprendí que el silencio podía matar y que un grito es una poderosa arma que todas llevamos dentro y que a muchas nos ha salvado. Soy una más de las Zoilaméricas que han dicho basta junto a miles y miles que nos rebelamos ante el Gran Abusador.

Daniel Ortega es un abusador sexual y también un abusador del pueblo. Él y Rosario Murillo han funcionado con sus víctimas de la misma forma que lo han hecho con un país entero. En una triste, pero clara similitud, a Nicaragua le ha ocurrido lo mismo que a la niña que cae en las garras de un depredador disfrazado de cordero que se acerca a ofrecer un dulce, mete sus sucias manos en su ropa, arrebata su libertad y le impone el silencio creyendo que ella nunca va a ser capaz de rebelarse.

“Daniel Ortega es un abusador sexual y también un abusador del pueblo.” Foto: Luceroartesocial

Para sorpresa del abusador la niña rompe el maldito pacto del silencio, empieza a decirlo primero con voz baja y poco a poco va encontrando apoyo hasta que un día lo grita con voz fuerte y clara y ya nadie puede callarla. El abusador tiene dos opciones, o asumir la culpa o, por el contrario, negar su responsabilidad, decir a todo el mundo que la niña es la culpable y amenazarla a ella o si es posible hacerle daño.

La historia es la misma respecto a Nicaragua. Para sorpresa del dictador, el pueblo rompió el silencio, empezamos con pequeñas protestas, seguidas de otras más grandecitas y otras más y más grandes hasta que el grito de “Basta” fue ensordecedor. El dictador tuvo dos opciones y escogió el mismo camino que escogen casi todos los abusadores sexuales: negar el hecho, culpar a la víctima, amenazar y hasta matar.

Lo que se juega en ambos casos no es solo el abuso continuo a esa niña o a Nicaragua, sino la posibilidad de continuar escondido tras la máscara de cordero que le permite continuar la cacería sin ser descubierto, continuar haciendo uso del poder dominando y abusando de un país, así como domina y abusa de un cuerpo. La analogía es tan perversa como pasmosa.

Pero más perverso es pensar que Nicaragua es uno de los países con más abusos sexuales en América Latina (5 mil denuncias por año), es decir que estamos en un país lleno de hombres del mismo calibre que el dictador Ortega. Hombres que han abusado de las niñas que les rodean por creerse dueños de sus cuerpos y que se han aprovechado de la confianza que esas víctimas tienen en ellos para violentar su integridad.

Muchos de esos abusadores han sido encubiertos por familiares, vecinos, la comunidad, las autoridades, las iglesias…con esos hombres convivimos a diario e incluso con muchos de ellos es posible que estemos marchando en las calles exigiendo libertad y justicia. No es casual que como sociedad hayamos tolerado que asumiera el poder un hombre acusado de abuso sexual y que permitiéramos que sometiera al país a la misma dinámica que a sus víctimas. No es casualidad, porque finalmente la violencia sexual y de cualquier tipo practicada por los hombres nos parece tolerable.

Pues esa tolerancia a la violencia machista me resulta igual de despreciable que la dictadura. No solo por todo el daño a la vida de niñas, niños y mujeres; sino porque estoy convencida que lo que vivimos hoy es el resultado de esta cultura machista que enseña a los hombres a dominar y someter, lo que sea y a quien sea: niñas, niños, mujeres, naturaleza, a sus trabajadores, a las personas que les rodean y finalmente a todo un pueblo. Y entonces me pregunto ¿En qué se diferencia la dictadura que hoy combatimos en las calles y las redes sociales de la dictadura cotidiana que está instaurada e intacta en nuestro hogares y que está profundamente arraigada en nuestra convivencia social?

“Esa tolerancia a la violencia machista me resulta igual de despreciable que la dictadura”. Foto: Luceroartesocial

 

No se diferencia en nada, son la misma cosa, vienen de la misma raíz. La dictadura Orteguista es machista, violenta, abusiva, desprecia la vida y abusa del poder, así como lo hace el hombre que maltrata en la familia, el que trastoca la intimidad de niñas y niños, el que acosa en el trabajo, el que se aprovecha de su investidura y autoridad como sacerdote, maestro o presidente de un país.

De seguro que estas reflexiones serán tildadas de inoportuno divisionismo, pero precisamente por eso escribo hoy, porque me preocupa extremadamente que, como ocurre a las niñas que viven abuso, en nombre de la unidad familiar y para no crear divisiones, dejemos que siga ocurriendo cualquier forma de violencia machista y se siga diciendo: “ya habrá tiempo para eso”. No. El tiempo es hoy.

Es hoy cuando podemos darnos el derecho a cuestionar todo lo que no nos ha ayudado a ser felices como sociedad y como personas. Es hoy – nomañana, ni en otro momento – cuando podemos abrir paso a un debate profundo y serio sobre la sociedad que queremos y es hoy cuando tenemos que decidir si de verdad apostamos por un cambio de sistema o si estamos jugando a “cambiarlo todo para no cambiar nada” como reza una vieja premisa en política.

Me parece urgente que nos hagamos un llamado personal y colectivo en nuestros espacios comunitarios y en las organizaciones sociales y políticas que estamos fortaleciendo frente a la dictadura, sobre este tema, sin miedo a que surjan posiciones encontradas, sin miedo a preguntarnos, por ejemplo:

¿Cómo podemos reconstruir un país en democracia si estamos llenos de abusadores sexuales reales o en potencia, en las familias, barrios, iglesias, escuelas y comunidades a quienes no nos atrevemos a cuestionar en nombre de la unidad anti-orteguista?

¿En qué nos vamos a diferenciar nosotros y nosotras, generación de jóvenes rebeldes del 2018, de aquellos de los años 80 que relegaron el papel de las mujeres a cargos menores e intentaron devolverlas a las cocinas después de haber peleado hombro a hombro en la montaña con ellos?

¿Cómo garantizamos que no se repita la historia de abusos consecutivos y permanentes en todos los ámbitos de nuestra vida como sociedad, desde el más pequeño como la familia hasta el más público como el gobierno, si no trastocamos las bases de esa forma de ejercer el poder?

Imagino también que estas reflexiones despertarán los típicos comentarios misóginos que he escuchado en foros y en redes sociales. Lastimosamente la gran mayoría de estos comentarios vendrán de compañeros y compañeras que están también luchando contra la dictadura con expresiones del tipo “esto lo escribe una feminazi” o “no es momento para hablar de estos temas porque distraen del principal objetivo de la lucha”o “hablar de feminismo es excluyente porque no todas las que estamos en la lucha somos feministas”.

Desde ya les respondo: sí, estoy hablando de feminismo, todo lo que aquí escribo es desde mi consciencia de mujer feminista. Y más aún, les puedo asegurar que una revolución feminista, antirracista, anticapitalista, ecologista…es la única que será realmente incluyente y es a lo que aspiramos muchas chavalas que nos hemos jugado la vida en estos seis meses y desde mucho antes.

Es más, les diré que es imposible pensar la palabra REVOLUCIÓN sin feminismo porque revolucionar es cambiar desde la raíz las bases de una sociedad desigual por otra nueva que sea abierta, incluyente, con justicia social y derechos humanos para todas y todos. Y para nadie es secreto que nuestras bases como sociedad están podridas y en su pudrición hierve el machismo.

Nada será más revolucionario para nuestra nueva Nicaragua que el camino hacia la liberación de la dictadura venga acompañado de la liberación de nuestras conciencias. Y esto implica tambalear todos los poderes y las ideas retrogradas que hemos heredado, cambiándolas por ideas de igualdad entre hombres y mujeres, de justicia social, de respeto a la diversidad, de derecho a decidir sin condiciones para las mujeres, de derecho a decir basta ante cualquier abuso venga de donde venga, de respeto a la naturaleza…en otras palabras, cambiarlas por ideas y prácticas profundamente feministas. Es esa sociedad con la que sueño, es esa la revolución que quiero para mi país y para las niñas y niños que van a heredar esta patria, para que nunca más sus voces sean calladas frente a los deseos irracionales de ningún depredador ni sexual ni político.

Juanónima*

Foto principal: Foto: Luceroartesocial 

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